viernes, 10 de junio de 2011

LA CAMA DE LA CARIDAD (cuento)

          Contaba el finado tío Chinto Jordán que en la iglesia del municipio de San Juan Ermita había una cama a la que todos le tenían miedo.
          La cama, llamada “cama de la caridad”, estaba hecha de tablas de madera y, habitualmente, permanecía en la entrada de la iglesia, pegada a la pared del lado izquierdo.
          El caso es que se creía que el primer lunes de cada mes, a las meras doce de la noche, la cama salía a recorrer las calles de San Juan y luego volvía a la iglesia. El bullicio chillón de los ladridos de los perros pasaba primero, después la cama de la caridad, según aseguraba el finado tío Chinto Jordán. Al día siguiente, la cama amanecía atravesada, formando un triángulo con la esquina de las paredes.
            -Hoy se va a morir alguien -decía la gente y se persignaba, haciendo la señal de la cruz.
          El origen de esos rumores era porque la cama servía para transportar personas heridas a los hospitales y a los centros de salud. También llevaba los cadáveres al cementerio. Su uso era muy frecuente, pues no había día de Dios que no ocurriera una tragedia en cualquier aldea del municipio, especialmente entre borrachitos que blandiendo sus machetes se tiraban a matar.
          Los niños que ya sabían la historia, cuando llegaban a la iglesia con sus mamás, se ocultaban detrás de ellas, entre sus vestidos, y miraban de reojo a la cama.
          Los adultos aconsejaban que las personas que decidieran levantarse o esperar las doce de la noche para ver pasar a la cama de la caridad, no debían sacar todo su cuerpo de la puerta, sino apenas asomar la nariz y girar los ojos en sus órbitas hacia los lados, hasta donde alcanzara la vista.
          -Una vez -dijo el finado tío Chinto Jordán- un puño de patojos,  en el atrio de la iglesia,  nos pusimos a hablar de la cama y decidimos que aquella noche, que era un primer lunes de mes, íbamos a levantarnos juntos antes de las doce para ver si era cierto que la cama salía a caminar.
            - Nos atrevimos -continuó el tío- porque todos vivíamos a la vecindad. Nuestras casas estaban en fila, en la misma calle...
          Y así fue,  de verdad. Según nos narró, esa vez él se acostó más temprano que de costumbre. Puso su despertador a las doce menos cinco y se metió a la cama. Le costó dormirse. Daba vueltas y vueltas y el sueño no le llegaba. El miedo lo mantenía despierto, pensando en aparecidos. Le pasaban por la cabeza brujas volando en sus escobas, maullidos de gatos, gritos de gente, ruidos de algo que se arrastraba... música rara, un ronquido, el silbido del viento... una lámina somataba al silencio...
          Todos los ruidos externos e internos de la casa se aliaban a lo que imaginaba aquella pequeña cabecita creando un mundo de espanto. Los ojos, por momentos, los abría desmesuradamente en plena oscuridad y los volvía a cerrar, y se encogía. Intentaba saber la hora preguntando con la vista, pero la noche se la negaba.
            El tiempo parecía ser cómplice de algún plan siniestro. El tic-tac se le metía en el cuerpo, uno por uno, pretendiendo convertirlo en reloj. Cada segundo se dilataba, se desprendía de su aguja con su-e-ño. Los minutos se escurrían por debajo de la cama y se ponían a jugar. Las horas eran murciélagos que colgaban del techo...
          Tras aquella eternidad... ¡las doce menos cinco! Los espantos apresuradamente se agazaparon en los rincones cuando él colgó sus redondos ojos en la oscuridad. Los movió sigiloso por todo el cuarto. Se puso una mano en la boca y pensó si lo hacía o no. Se incorporó despacio. Se quedó un instante navegando en la nada y se preguntó si los demás también estarían listos ya.
          Finalmente se armó de valor y se fue caminando a tientas. Quitó despacito la tranca de la puerta y empezó a abrirla con cuidado. No la había abierto por completo cuando escuchó que venía el bullicio de ladridos de perros. Rápido volvió a cerrarla. El ruidazo pasó por la calle. La piel se le puso de gallina y se quedó quieto. Enseguida, entreabrió la puerta y vio por la rendija... vio con los ojos salidos... por la calle la cama se deslizaba flotando. Unas mantas blancas y otras negras con formas de figuras humanas la iban cargando len-ta-men-te. Luego, nada.
            Permaneció pasmado un largo rato. No sabía que pensar. Mas bien, no pensaba nada... se le vació la cabeza...
          Tras un largo rato, recobró la conciencia. Los pensamientos volvieron a su lugar. Sacó su nariz y movió los ojos para todos lados... y nada. A lo lejos se oía que iban los ladridos de los perros. Se asomó un poco más, sacó la cabeza y miró las casas de sus amigos: todas las narices se veían en fila, pero parecían unas narices agrandadas, infladas, saliendo de las puertas de las casas. Aunque le pareció extrañó, no le puso mucha atención.
            -Sí salieron -se dijo y se entró.
          Al día siguiente, otra vez se juntaron todos en el atrio de la iglesia. Entonces él soltó la expresión -¡vieron muchá!-los otros se miraron las caras y respondieron -nosotros no nos levantamos, vos-.
                                                                             Autor: Rómulo Mar

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